Por Andrea Jimenez

Una zigzagueante carretera demarca por dónde fue que entró lo ajeno a los Montes de María. A un lado de ese camino están San Juan Nepomuceno y San Jacinto. Esos son los vecinos del Carmen, anclado en el corazón de la zona más convulsa de la costa Caribe colombiana en tiempos de guerra de todos. Guerrilla o Farc. Paramilitares o AUC. Allí todo duele igual.

‘Bienvenidos al Carmen de Bolívar. Territorio de paz’, se lee en una pancarta. Una Virgen saluda unos metros más adelante, trepada a un altar que delata en quién es que creen los carmeros. Allí todo es cuesta arriba o cuesta abajo. El horizonte, contra el cielo, asciende y desciende desde lomas y carros.

Cuando iba llegando a La Sierra, uno de los corregimientos más empinados del Carmen, lo alcanzó el primer impacto de bala. “Después me dieron otro, y de ahí no me acuerdo”. Otro se impregnó en el cráneo, donde le pusieron un injerto de tejido que le extrajeron de la pierna.

No parece haber final en la anatomía fecunda de ese lugar. “El Carmen”, le dicen todos, con tratamiento masculino. Pero tiene nombre de mujer, encumbrada en las montañas que encierran ocho municipios de Sucre y siete de Bolívar en esa serranía.

Y fue al Carmen donde llegaron una mañana de abril hace 15 años los esposos Alberto Fernández y Rosa Isabel Buelvas, expulsados del corregimiento Los Charquitos, en San Jacinto. “Nos presionaron, tuvimos que salir”, dice él, aún sin saber quiénes fueron los responsables de su éxodo.

Poco se sabe con certeza allí, pues la crudeza de los grupos subersivos, hombro a hombro, borró las responsabilidades de uno y otro. Es una culpa compartida, igual que el dolor que quedó desperdigado por la zona.

Todavía hoy se percibe. Los lugareños miran con extrañeza los carros desconocidos, a quienes vienen de afuera, a esos que desentonan en la monotonía.

Por eso a M. no le gusta ni pronunciar su verdadero nombre. Tiene 70 años, es de San Antero, Córdoba, pero “hace como 18 años” vive en el barrio carmero de Los Laureles.

Su cuerpo reviste las cicatrices de cuatro balazos: tres en el torso, uno en la cabeza. Se desabotona la camisa y muestra las zanjas, las heridas de la guerra. “Tengo pena de que vayan a mi casa. Eso no es casa”, nos dice casi llorando. Pero sí es una casa. Rústica y humilde, con una sala-comedor y un único cuarto. Hay un baño artesanal en el patio y mamones tirados en el piso, abiertos, que han chocado contra el suelo.

“No me gusta”, repite M. Esta vez no se refiere a la casa, sino a acordarse de cómo fue que el 6 de enero de 1999 llegaron “gritos desde arriba” de “¡Viva la guerrilla!”. A la media hora, el mensaje era otro: “¡Llegó la guerrilla!”.

Su forma de salvarse fue correr cuesta arriba. Cuando iba llegando a La Sierra, uno de los corregimientos más empinados del Carmen, lo alcanzó el primer impacto de bala. “Después me dieron otro, y de ahí no me acuerdo”. Otro se impregnó en el cráneo, donde le pusieron un injerto de tejido que le extrajeron de la pierna.

Hace siete años, M. volvió al municipio. Sabe que todo es más tranquilo, aunque todavía se duerme al ocaso de las seis de la tarde. Todavía siente la zozobra del ruido del zinc, donde se estrellan mangos y mamones. “Es casi todas las noches”. Y asusta.

El Carmen, con su nombre femenino, cena temprano. Su reloj biológico lo programó el tiempo de guerra. A las ocho está dormido. No hay mucho que hacer, salvo las noches de fiestas patronales con bolas de candela que iluminan su suelo sin pavimentar.

En Los Laureles también viven los Hernández Bobadilla, una familia cuyos días se cuentan antes y después de que un burro les salvara la vida. Aquel 18 de abril de 2003, un Viernes Santo, a las 10:30 de la mañana, una bomba caída del cielo los sacó del letargo de la rutina diaria.

“Papi, mami, ¿no ven que los soldados vienen bajando”, les preguntó Dilson a Juan Enrique y Noris María cuando sintió los pasos rápidos descender de la montaña. No hubo tiempo para la reacción; más bien para intentar amarrar al burro, que acabó recibiendo la descarga explosiva.

“Yo sentí cuando eso me voló de pa’rriba. Caí y no uspe más de ahí”. Eso es todo lo que Noris alcanza a reconstruir. También a medias lo ha hecho su cuerpo, cargado de cicatrices a causa de las cirugías que le devolvieron los órganos al lugar donde debían estar.

“Fue el Ejército. Según ellos, fue porque estaban las Farc”. Dilson tiene claro que fueron blanco de todos, ‘buenos’ y ‘malos’; víctimas de un fuego cruzado permanente, rematado con una amenaza.

“Capitán, me mató a la familia”. “Cállese, si no quiere que le pegue un tiro”. El líder de la operación del mortero se atrevió también a señalar a Juan de ser el dueño de ese “burro bomba” que le incrustó una esquirla de fusil a su hijo y perforó su estómago.

El Carmen hoy parece haberse librado de su pecado: el de ser frondosa y verde, ideal para camuflarse. Pero aún en las noches de fiesta en las que celebra a su patrona encendiendo raudales de fuego en sus calles de arena, la recorren anónimos en moto, pañoleta a medio rostro, que recuerdan sus noches más turbulentas.

Todos lo miran, pero nadie se reconoce haciéndolo. No hay cabida a la pregunta de quién es y por qué. Con la cara tapada, arrastra su moto con ínfulas de poder delineando la plaza y su iglesia, y la misma vida social de un pueblo que apenas se siente con derecho a explorar sus rincones cuando es de noche.

Tres negocios a la derecha, una camioneta de sonido atronador ve descender a un grupo de hombres y mujeres jóvenes con pinta de rumba. Llegan a la tienda a abastecerse de trago. Huelen a cigarrillo. Y ese halo que desprenden las bocanadas al aire y su mística de amos y señores los pone en una categoría diferente a los demás que se reúnen la plaza. Nadie se atreve a pronunciar lo que creen que son. “Corte bajito, tenis, camisas blancas”. Ese es el retrato hablado de los paramilitares que circula en el pueblo. Nadie puede decir lo que son, aunque todos lo piensan.

Las noches son más tranquilas, tanto como cuando todo comenzó. No tendría nada de raro que volviera el sobresalto. Algunos parece que lo esperan.

17 de noviembre, fecha que no olvido yo, cuando en la zona El Bolsillo una gran bomba explotó. Todos fueron conmovidos, hoy digo en este merengue, cinco fuimos detenidos y encerrados en Centro Alegre. Con un guardia a cada lado, y eso fue duro pa’ mí. Allí pasamos sentados, ¡compa! y sin poder dormir. Y al llegar la mañana miren lo que sucedió: ahí todos nos gritaban juntos a una sola voz. Mira muchacho, vente pa’ acá, cuidado con la bomba que puede explotar
— Javier Alonso Hernandez

Subiendo a LA SIERRA.

La canción más amarga que ha escrito Javier Alfonso Hernández se la compuso al Ejército Revolucionario del Pueblo. “Se han sabido comportar en todas partes donde han llegado, y ellos saben defender a los habitantes de nuestra región”. Nada más falso.

Con la amenaza del fusilamiento, Javier, un campesino de La Sierra, vereda de Macayepo, en el Carmen de Bolívar, compuso el tema durante cuatro días de libertad, luego de una semana de confinamiento por “lleva y trae”. Eso le decían “ellos”, los del ERP, una de las guerrillas que se instaló en uno de los puntos más altos de la región de los Montes de María, por allá en el año 98.

“Ellos son la claridad que resplandece en invierno y verano. También son la claridad a donde se refugia mucha gente. Vamos a buscar la tranquilidad que de este pueblo ha desaparecido. Con el ERP lo vamos a lograr y a derrotar al fatal enemigo”… seguía cantando la mentira.

Una cuenta saldada, el pago de una deuda que contrajo Javier en cautiverio por cantar lo que no debía.

“17 de noviembre, fecha que no olvido yo, cuando en la zona El Bolsillo una gran bomba explotó. Todos fueron conmovidos, hoy digo en este merengue, cinco fuimos detenidos y encerrados en Centro Alegre. Con un guardia a cada lado, y eso fue duro pa’ mí. Allí pasamos sentados, ¡compa! y sin poder dormir. Y al llegar la mañana miren lo que sucedió: ahí todos nos gritaban juntos a una sola voz. Mira muchacho, vente pa’ acá, cuidado con la bomba que puede explotar”.

Esa, la versión original del tema, la verdad cantada, fue censurada. Reemplazada por lo que el ERP quería oír, disfrazado en verso.

Los frentes 35 y 37 de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia fueron los de mayor presencia. “Empezaron a ponernos leyes. No nos dejaban salir tan constantemente. Uno tenía que traer su compra suficiente para durar otro tiempito más para salir otra vez
— Doris helena Wilches

Jaime, de 49 años, los mismos de vivir en el sector El Bolsillo, cuenta en una finca venida abajo cómo fue que todo se hizo diferente en esa empinada población. Cómo se les fue la tranquilidad de recoger aguacates en sus fincas. Pero su esposa, Doris Elena Wilches, tiene recuerdos más nítidos.

Desde la casa de tabla que hoy es su hogar, la única levantada sobre esa porción de tierra que es solo trocha, narra cómo fue que acabó viviendo allí, alejada de todo, sin un baño siquiera.

“La primera vez que ellos vinieron por aquí, nosotros no sabíamos de quién se trataba. Se ubicaron en una parte abajo, en la cañada”. Así empezó la incursión del ELN en la zona, y Doris, de 42 años, lo cuenta sentada en ese terreno baldío que logró conectarse con el mundo gracias a un camino abierto a punta de minas activadas con jeringas. Las mismas que usa la familia Hernández Wilches hoy paa encender las luces de ese caserío artesanal donde antes se cocinaban bombas y petardos.

Justo ahí, donde instaló el mayor de sus campamentos el frente 37 de las Farc una vez le quitaron terreno al Ejército Revolucionario del Pueblo, luego de que el ELN, los primeros insurgentes en llegar a la zona, decidieran irse.

Uno a uno entraron los grupos subversivos porque en La Sierra los habitantes no conocían la autoridad. No sabían de qué se trataba “porque las leyes por aquí muy poco entraban”, así que un uniforme verde militar, aun sin camuflado, podía representar al Estado.

Se presentaron como la guerrilla ante la gente. Decían que llegaban a respaldarlos, “que el Gobierno no nos daba nada, que nosotros no merecíamos vivir así”. Y tenían razón en eso, pero no en sus intenciones. Todos con el mismo discurso.

El ELN nunca se instaló. Sí lo hicieron las Farc. Y también el ERP, el más sanguinario, a juzgar por los relatos de los pocos habitantes que quedan en el sector.

Los frentes 35 y 37 de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia fueron los de mayor presencia. “Empezaron a ponernos leyes. No nos dejaban salir tan constantemente. Uno tenía que traer su compra suficiente para durar otro tiempito más para salir otra vez (...) Ellos decían que yo estaba llevando información de que ellos estaban allá. Como decían ellos, de sapos”.

Esa es Doris refiriéndose a las restricciones impuestas cuando debía bajar al Carmen de Bolívar a buscar alimento. Una activididad rutinaria que se convirtió en programada y cronometrada por los subversivos. Luego fue obligación ir a las reuniones. Se la pasaban “advirtiéndonos cosas, que nos dijéramos que eran los que estaban por aquí, que si venía el Ejército negáramos que estaban por aquí”.

Ya en últimas a mí me tocó sacar la familia, porque comenzaban a bombardear los aviones. Salí un 21 de junio de 1999. Desplazado. Salí pa’l Carmen. Me llevé todo. Fue cuando se puso peor la situación
— Pacho

Todos, Farc y ERP, pedían lo mismo. Todos eran igual de culpables. Y todos se hicieron omnipresentes en casi la totalidad de los Montes de María. Mimetizarse era cuestión imposible, y en su intento por extender su poderío lograron lo contrario: exponerse. Entonces fue el tiempo de que el Ejército y los paramilitarestambién entraran en la pugna por el orden territorial.

Así fueron llegando las noches sin dormir, tumbados en el monte. El sueño robado por los fríos y los mosquitos en cañadas y matorrales, el único refugio posible para esquivar las balas que lanzaban unos y otros, de derecha e izquierda.

“De la casa para abajo, en la finca, matando plagas. Ni derecho de prender humo, nada, todo oculto. Usted pa’ toser tenía que ponerse un trapo en la boca para que no se oyera”. Pacho –así, a secas–, otro lugareño, también pasó noches enteras sin pegar el ojo, entre bolsas plásticas y colchonetas tiradas en el espesor del monte. Nadie se salvó.

“Ya en últimas a mí me tocó sacar la familia, porque comenzaban a bombardear los aviones. Salí un 21 de junio de 1999. Desplazado. Salí pa’l Carmen. Me llevé todo. Fue cuando se puso peor la situación”.

Es difusa la línea de responsabilidad de los grupos armados en cada incursión, en cada ataque. “Uno no sabía quién era quién”. Pero si hay algo nítido en la memoria de las víctimas fue el día en el que comenzaron a serlo. Las fechas de las masacres y desplazamientos son un dato claro en medio de la marejada de recuerdos que van tratando de ordenar a medida que los narran.

Tampoco se olvidan los rostros, como el del “viejo Gilberto”, el alias de Édgar Penagos Castellanos, quien fue dado de baja en 2007 por el Ejército. “¿Qué es lo que pasa conmigo?”, le preguntó Pacho al comandante guerrillero luego de dos días de secuestro. “Lo tenemos detenido porque usted lleva y trae”.

Lo liberaron al día siguiente para ver lo mismo durante seis meses. Una restricción impuesta por el ERP le impedía salir de La Sierra. Allí estuvo hasta el desplazamiento. Cuando volvió, no encontró nada de lo que dejó. “La casa mía la quemaron. La quemó el Ejército porque encontraban las casas solas y le metían candela para que la guerrilla no armara campamento”. ...Y eso es lo que pueden más calmadamente contar los lugareños de esa vereda subida en ese espiral del Carmen. La tranquilidad para narrar tanta crudeza sorprende, hasta que las lágrimas se asoman en los relatos. La voz fuerte de Doris se quiebra al rememorar los nervios y el temor que se asomaron en su vereda el 18 de enero de 2000, cuando comenzaron a llegar los sobrevivientes de Chengue, un corregimiento de los Montes de María que vio cómo el paramilitar ‘Juancho Dique’ ordenaba la masacre de 27 campesinos a punta de un mortero de hierro, cuchillos y machetes.

Diez días después nació Johanna, la quinta hija de Doris y Jaime. Llegó al mundo con Síndrome de Down en medio y en medio de las dificultades sociales más agudas de su región. “La violencia es tal que mi hija nació así”. La madre le echa la culpa al dolor del triple cromosoma 21 de su hija. Nada en 15 años le ha sacado eso de la cabeza. Ni enfermeras, ni doctores, ni cualquier extraño que, desde la urbe, llegue allí e intente borrar sus argumentos. “La huella que me deja la guerra es ella, que no es normal".