Por Ivonne Arroyo

La única butaca de madera en el rancho de Rafael Alonso Miranda tiene, por los golpes del tiempo, la pata derecha coja. La única silla de plástico, aunque zurcida con alambres, también tiene la pata derecha chueca. Y él, con 63 años, por los látigos del conflicto armado en Colombia , tiene la pierna derecha “jodida”.

Lo jodieron porque la violencia lo dejó frígido y llorando, solitario en el monte. Porque las paredes de su casa no eran tan resistentes como la reciedumbre de su figura para evitar la entrada del grupo guerrillero más temible del país. Lo jodieron como a todas las familias de Bellavista, que abandonaron obligadas sus hogares y deshabitaron su pueblo, pues la otra forma de salir de allí era con las piernas para arriba.

El pueblo

La violencia convirtió a Bellavista, corregimiento del municipio Algarrobo, en un pueblo fantasma adornado por calaveras en el departamento del Magdalena. Uno de varios. Está escondido a 129 kilómetros de la capital, Santa Marta, y separado por unos 45 minutos de Fundación, el municipio más poblado después de Ciénaga. No tiene habitantes, sino sobrevivientes. Cerca de 332 personas conforman 98 familias. Retornaron tras 18 años de gritos compasivos, tomas guerrilleras, tiros de gracia y descuartizados en las aceras.

Entre 1983 y 2011 sufrieron ocho ataques armados y hasta ‘El Diablo’ fue asesinado por las Farc. Lo desplazaron de su infierno y quedó, sangriento y tiznado, acostado boca abajo sobre una de las mesas de billar del único estadero que tiene Bellavista, en la calle principal, en la octava con carrera cuarta.

Se trataba de Balbin Guarín. Así le decían a él. Lo recuerdan como un cachaco con bigote, muy conocido en el pueblo. En realidad era oriundo de Antioquia, pero el simple hecho de no ser de la Costa Caribe bastaba para que lo identificaran como cachaco. Dicen que siempre vestía con camisilla, poncho, una machetilla en la cintura y chancletas. Lo mataron de dos tiros.

Me le paré frenteao. Yo le dije que no podía prestarles nada. Todos conocen acá mi bicicleta, si yo ayudo me matan
— Rafael Alonso Miranda

Por eso en el Magdalena algunos creen que sus pueblos llevan nombres que no les quedan. Milcíades García, un canoso a quien le gusta hacer mandados –porque se acostumbró a trabajar fuerte cuando era joven y tenía 300 reces–, se queja de que Bellavista no es tan bella ni tiene gran vista. La Loma del bálsamo no tiene loma, ni bálsamo, y la vereda Río Mar, ni río ni mar. Ni qué decir del municipio Sabanas de San Ángel o las veredas Si Dios Quiere y Las Carreras, también jurisdicción de Algarrobo.

De lo más común que le podía pasar a un bellavistero a finales de los 80 era que los paramilitares lo acusaran de ser jefe de la guerrilla, y a veces, al tiempo, lo acorralaran las Farc tachándolo como cómplices de los ‘paracos’.

Si al señor Miranda, que hoy solo está protegido por cinco cerdos y la cerca de su finca, lo sorprendían haciendo favores, le “montaban la perseguidora”, cuenta.

A su parcela llegaban los camuflados para que les prestara bicicletas, les regalara ganado y los atendiera. Sentado en un banco que parece no estar dañado, recuerda que le tocó hablarles a los rifles con firmeza.

“Me le paré frenteao. Yo le dije que no podía prestarles nada. Todos conocen acá mi bicicleta, si yo ayudo me matan”, recuerda Miranda, convencido de que, de haber sido generoso, no estuviese echando el cuento.

Del bellavistero robusto y adinerado no ha quedado sino el carácter de quien no tuerce el brazo. Las dos muletas que lleva Miranda también las usa su pueblo, del que, como todos sus vecinos, salió un día con dos o tres chécheres corriendo.

Ahora, aunque apenas esté empezando de nuevo, sí presta sus tierras, pero para que los niños jueguen típicos del campo. Después del mediodía, tras salir del colegio, los pequeños juegan a ordeñar vacas, imaginando que los aguacates grandes son las madres y los pequeños los terneros.

La caseta popular, ubicada en la carrera séptima con calle cuarta, y en donde en los 90 se alcanzó a presentar la agrupación de vallenato Los Diablitos y el cantante Farid Ortiz, tiene solo mesas y sillas forradas de monte.

Lo que hubo y ya no

En Bellavista aún no hay policías, pues los valientes fueron asesinados durante el conflicto. Tampoco hay comisarías, tras la toma del 7 de agosto de 1988, cuando el ELN se apropió del mando de seguridad y mató a un uniformado. A otro lo encontraron con vida, desnudo y atado a un árbol.

Lo que sí hay es fiesta. Celebran el día del santo patrono San Luis Beltrán, fecha imperdible en cada octubre. Además, hay un colegio, el Instituto Educativo Loma del Bálsamo sede Bellavista, un Centro de Desarrollo Infantil, tres iglesias cristianas, un parque con cancha y una placita.

Tienen también decenas de casas derrumbadas y abandonadas. De llegar, de repente, se podría pensar que un terremoto avaro acabó selectivamente con lo que estaba a su paso.

La casa blanca de Clara Escorcia, que huyó a Fundación y más nunca regresó, es hoy un muro hueco donde crece la maleza. La caseta popular, ubicada en la carrera séptima con calle cuarta, y en donde en los 90 se alcanzó a presentar la agrupación de vallenato Los Diablitos y el cantante Farid Ortiz, tiene solo mesas y sillas forradas de monte. Del teatro que había sí no quedó nada, y mucho menos del grupo municipal de músicos.

Desde ‘El Palomo’, un Land Rover blanco que viaja de Fundación hasta Bellavista, uno creería más que el arrasado panorama responde a un fenómeno natural y no a guerrillas.

De ser un estado norteamericano o una ciudad de China, piensa José Luis Medina, un bellavistero de 28 años, seguro que un año bastaría para reconstruirlo todo. En la televisión ve como grandes poblaciones devastadas han sido reparadas con nuevas y tecnológicas infraestructuras, pero al pueblo “el Estado aún no ha llegado”.

A él le tocó, cuando apenas era un niño, ver cómo le arrancaban las uñas de los dedos de las manos a un profesor. Lo torturaron hasta la muerte y lo hicieron pedazos, recuerda, aunque no precisa cuál grupo ilegal fue.

De joven, cuando solo pensaba en buscar leche en una mula en la madrugada, le tocó ver desaparecer a los amigos de infancia. Los que querían ser jugadores de fútbol, los que solo pensaban en el campo y los que hablaban de ser soldados.

Insiste en que el Estado no ha llegado porque el retorno de todas las familias fue, desde febrero de 2005, sin acompañamiento de las autoridades. En su memoria está fresca la imagen del presidente Juan Manuel Santos, sonriente, inaugurando en 2011 obras de infraestructura social. Aún con ese evento, que se cumplió hace cinco años, se sienten “abandonados”.

Muerte y retorno

A Pedro Padilla, un agricultor de 58 años que anda con machete en mano, sus vecinos lo llamaron un día a Fundación y le dijeron que “no fuese huevón”.

Los policías le dijeron que allá no se metían, pues era una zona roja. “¿Si ellos no iban, entonces quién, pue?
— Pedro Padilla

“¡Véngase, mijo, que esto está bueno!”, fueron las buenas noticias en 2005 para Padilla, a quien las Farc le mataron a su hermano, Luis Alfredo, del que el grupo subversivo “estaba enamorado”, asegura.

Padilla es víctima, pero la guerra le da risa. Hoy se ríe mientras recuerda el asesinato de su hermano, pero no porque lo disfrute, pues aquel día lo dejó llorando.

Los dos santandereanos, nacidos en Socorro, llegaron a Bellavista cuando tenían 10 años. Crecieron y aprendieron a ordeñar, cultivar, criar, montar y guadañar. “Él no quería nada conmigo, ni yo nada con él”, recuerda Padilla, que vive en una parcelita con su señora y cuatro hijos, más de 20 vacas, cinco caballos, cuatro burros y una cuarentena de gallinas.

El día del crimen ya estaban advertidos. Padilla dejó a su hermano sembrando maíz, pero ni a él ni a las cosechas volvió a ver. Los guerrilleros no le perdonaron la vida.

Semanas antes, las Farc habían pedido a Padilla que les llevara un millón de pesos. Convencido de que era el precio de vivir, el de acento risueño dio su palabra. No contaba con que ese día se aparecerían los paramilitares en su casa y “por eso no pude llevarles nada”.

Pero, para su sorpresa, la guerrilla lo acusó de servir a los ‘paracos’, como los llama, luego de no “ayudarlos”. “Me fueron a matar a mí, pero como no estaba la agarraron con mi hermano”.

Sin pensarlo mucho recurrió a las autoridades, cuando aún había tiempo de salvar a Luis, que estaba amordazado en el monte junto con otro compadre. Se encontró con algo que hoy le parece chistoso. Los policías le dijeron que allá no se metían, pues era una zona roja. “¿Si ellos no iban, entonces quién, pue?”, se pregunta Padilla entre risas.

Por poco se va, sin armas, y con amenazas de muerte al monte. Su esposa Francesca Lemus lo retuvo y le dijo unas palabras sabias: si iba, seguro serían dos muertos en la familia.

Reclutada y desaparecida

El regalo obligado de Iris Esther Pérez para sus 15 años fue entrar a las filas de las Farc. A esa edad, las niñas del pueblo anhelaban lucir vestidos en una fiesta sencilla y bailar el vals, más en sus planes no estaba cargar armas, ni muchos menos llegar a matar.

La hermana menor de Caterine Pérez, quien hoy cuenta su historia con el lagrimal húmedo y la voz entrecortada, desapareció el 12 de mayo de 1996. Fue a buscar aliños y no regresó.

De la morena, una de los más de 3.000 niños reclutados en los últimos 20 años en Colombia por las Farc, quedó solo una vieja foto. Tiene el cabello largo y se mantiene seria. Luce un vestido floreado.

“Es todo lo que tengo de mi hermana menor. En esos tiempos yo me quería volver hormiga, la casa que teníamos nos quedaba pequeñita”, recuerda Caterine, quien ahora tiene 43 años.

Como buena hermana mayor debía intentar, por lo menos, ablandar el corazón a los raptores de Iris. Por lo menos así lo creyó. Recuerda que en una ocasión tuvo la oportunidad de verla, de lejos, con los ojos apagados. Sintió que estaba condenada, pues la misma guerrilla la obligó a decir que ella se quedaba.

“Meses después escuchamos los rumores. Que la habían tirado al campo de batalla, que la habían matado en Ciénaga y enterrado como NN”, relata Pérez, que tiene la misma mirada apasionada de su hermana en la foto. Hoy vive con su familia en La Loma del Bálsamo, una pequeña vereda que queda a 4 kilómetros de Bellavista. Allí hay cerca de 109 familias reubicadas, un poco más que las 98 de ese corregimiento hermano, pues no se atrevieron a regresar a su antigua morada.

Golpe en veredas vecinas

Casi en lo más alto de la Sierra Nevada, florece un Sacramento. El corregimiento, que hace parte de Fundación, queda a dos horas de Bellavista, a bordo de El Palomo, en una subida de trocha pedregosa.

Un letrero oxidado del que no se entiende la letra da la bienvenida, y la brisa, que es tibia, pasa por la altura a ser un poco fría.

Muchos de los desplazados de Sacramento fueron a parar a Bellavista. Lo que no sabían era que el mismo conflicto los doble-desplazaría.

Es todo lo que tengo de mi hermana menor. En esos tiempos yo me quería volver hormiga, la casa que teníamos nos quedaba pequeñita
— Caterine Pérez

El pueblito sabe a café y parece sacado de una pintura en miniatura. Cuando se comienza a hacer de tarde, a eso de las 4 p.m, la niebla cubre todas las casas de familia. Desde un lugar más arriba, donde vive Ciro Navarro, o en la casa de Campo Elías León, se borra el pueblo desde la vista.

Sacramento, donde retornaron 180 familias, fue escenario de competencia entre la producción del café y los cultivos ilícitos, que después se vieron afectados con la fumigación de glifosato.

En 2001 el grupo de las Autodefensas Unidas de Colombia comandado por alias Jorge 40 se apropió del pueblo. Desalojaron a todo el que allí viviera.

Para colmo de males, las Farc y el ELN también se hicieron sentir. Ubicaron campamentos, crearon peajes, se volvieron retenes y reclutadores.

Mientras el cienagero Campo Elías, de 64 años, procesa, espulga, lava y seca el café, no olvida que “no hay comida que alimente, cuando la guerra se hace fuerte”.

El conflicto le quitó a su hijo, quien llevaba el mismo nombre, y a su hermano Edilio León. Pero la misma vida, considera, le devolvió todo. “Me regresó nuevo lo que perdí— dice — Uno aquí es como el burro cuando lo espanta el tigre. Después regresa a su pueblo para ver si es verdad que todo terminó”.

En las veredas del Magdalena, donde la guerrilla se adueñó de las tierras, donde reclutaron los hermanos, desaparecieron los hijos, desplazaron las familias, no se encuentra ningún retornado que no sienta que ha perdonado a la guerrilla.

Rafael Miranda, José Luis Medina, Pedro Padilla, Caterine Pérez, Campo Elías, son víctimas que comparten una visión sobre el proceso. Saben que, como los atropellos que sufrieron, hay heridas que “no sanan en tan poco tiempo”. Pero saben también que en la tierra donde se asesina hasta el Diablo no hay otra opción que dejar las mañas del violento a un lado.

En Magdalena sigue oliendo a café, y pasando la peste del azufre.